Vicente, es un santiaguino treintón y cesante que vive con una madre evangélica que aún lo trata como al “niño bueno” que alguna vez ella creó en su imaginación.
Tras una noche de arrebato, Vicente se encuentra con Marta, la adolescente hija de un Ministro de Estado, en un andén del Metro. Ella, ávida de aventura y hastiada de su existencia acomodada; y él, sin poder encontrar el rumbo de su vida e involucrado en un sórdido crimen, deciden ese día, sin conocerse y a primera hora de la mañana, huir de sus rutinas por la carretera rumbo al norte.
Ante la desaparición de su hija el Ministro pide ayuda a una policía amiga suya y se pone en marcha una frenética, pero discreta búsqueda: el Ministro debe encontrar a su hija antes que las cosas exploten, antes de que su carrera y su buen nombre sean puestos en entredicho, antes que se sepa que sus relaciones familiares y su matrimonio están en crisis.
En la carretera, la búsqueda romántica y vehemente de Marta y Vicente, se va convirtiendo en un viaje delirante y cada vez más peligroso.
Con este nuevo montaje, Cristián Figueroa (“San Rafael o el misterio de los atorrantes”, “Malacrianza y otros crímenes”) continua su investigación acerca de la construcción de la identidad en clases sociales que surgen al alero del modelo económico reinante, pero cuyo destino y motivaciones aún parecen difusas y disfuncionales. Nos encontramos con personajes confundidos que no saben cómo afrontar la búsqueda de sentido y que no parecen enmarcarse dentro de motivaciones políticas, ni religiosas, ni económicas, ni sociales.
A través de una estética inspirada en el género de las “road movie” con claros tintes de neorrealismo italiano, este montaje se vale de recursos audiovisuales para permitirnos atisbar la conciencia de los personajes.
Una propuesta arriesgada y sólida –como ha sido la tónica del trabajo de Figueroa hasta ahora- pero que aborda un tipo de marginalidad más interna y personal que en sus anteriores montajes.